Lo confieso: la maté. Sin querer buscar expiación, permítanme contarles lo ocurrido y comunicarles que no fue un acto calculado, mucho menos premeditado; solo fue un acto instintivo de un ser humano desesperado.
Cualquiera de mis conocidos les dirá que soy un hombre tranquilo y bonachón, incapaz de romper un hueso a cualquier animal que así lo tenga. Mis patos mueren ancianos y son enterrados en el jardín, en fila y en estricto orden de fecha de defunción; su carne tiene demasiados años para ser asada. Las gallinas envejecen hasta quedarse sin fuerzas ni calcio para un huevo más y luego gozan de su jubilación, incapaz como soy de echarlas a la olla para un buen caldo. Pero a ella, no pude evitarlo y la maté.
Vivía conmigo desde hacía un par de años. Yo la mantenía, ella cuidaba el hogar. Todo iba en perfecta armonía, nuestra relación era tranquila y agradable, nuestros días sucedían plácidamente. Hasta el fatídico día que descubrió los placeres de la cama. Un día, al regresar de mi trabajo, la encontré acostada en mi cama, acompañada y gozando. Pueden imaginar mi reacción ante tal aberrante situación.
Ese día, la eché de la cama con duras amenazas; sin golpes, solo palabras. Al día siguiente, la situación se repitió. Frustrado ante la inutilidad de mis gritos, la boté de la casa. Sin embargo, mis amenazas no surgieron efecto. La tercera vez que la encontré, la apaleé. Agarré la escoba y la golpeé, desprendiendo en cada golpe la ira que se había acumulado en mí. Ella aprovechó un distracción mía para huir. Escapó y regresó varias horas más tarde, arrepentida.
Cada vez que volvía, la perdonaba. Siempre terminaba aceptando sus disculpas. Porque, en realidad, la quería. Y es que en esos momentos se mostraba tan apenada, sumisa y con el rabo entre las piernas, que conseguía romper la barrera de mi ira y me llegaba al corazón. Sin embargo, su aflicción solo era simulada, pues aprovechaba mi siguiente ausencia para volver a acostarse en mi cama, ella y los inquilinos.
Desde el primer día, sus visitantes me desquiciaron. Esos malditos convertían mis sueños en pesadillas. Les imaginaba en mi cama, les sentía por mi cuerpo, les veía entre mis sábanas. Enloquecieron mis noches, extenuaron mis días.
Por eso, tras demasiadas noches en vela, un día desquicié, enloquecí y la maté. Nunca hubiera imaginado tan trágico final. Los golpes simplemente se sucedieron, uno tras otro, incluso después que dejara de quejarse. La azoté hasta quedar sin energía y, solo entonces, me di cuenta de su inmovilidad. Intenté reanimarla, pero ya era tarde: en sus ojos, opacos, ya no había vida.
Aunque con su partida mis problemas parecía que llegaban a su fin, lloré agriamente mientras cavaba una fosa en el jardín, frente a la de los patos. Me despedí de ella y, sin más preámbulos, le eché tierra. Su cuerpo desapareció, poco a poco, junto con mis lágrimas. Aproveché la tierra removida para plantar una flor. La fila de patos enterrados estaba llena de lirios, blancos como sus plumas. Para ella, escogí un rosal, aromático y resplandeciente como nuestros mejores tiempos, punzante como su rebeldía.
Lo confieso, maté a esa perra. Pueden hacer sus deducciones, pueden condenarme e incluso maldecirme. Tras lo expuesto, pueden pensar de mí lo que les apetezca, sin embargo espero que sean comprensivos y entiendan mi actuar. Sí, la maté, por perra y por pulgosa.
