Una historia de Máximo Casancho
Me encuentro mal. Me duele la cabeza, como si el cerebro hubiera decidido crecer sin control y se comprimiera dentro del cráneo. Tengo los músculos debilitados y el esqueleto atormentado. Y, lo peor, la tos. Llevo varios días sin dormir, la tos me lo impide. Creo que voy a morir. Maldita tos.
Ayer fui al hospital por quinta vez. Me pusieron ampolla de nuevo. Me calmó la tos por dos horas, treinta y seis minutos y cuarenta segundos. Al segundo cuarenta y uno, intenté detener un nuevo ataque. Al segundo cuarenta y nueve tosía desesperadamente.
Los médicos no saben qué es lo que tengo, me han hecho pruebas pero nada encuentran. Solo tos y dolor. Está bien, moriré. Los cerros cuidaran de mí.
Tumbado en la choza que me vio crecer, espero la muerte llegar. Nací y aprendí a vivir en esta comunidad nativa amazónica. Tras mi nacimiento, mis padres se cuidaron de comer cualquier tipo de animal. Por eso nunca enfermé, hasta ahora.
Hace cinco años asistí, como promotor de salud, al parto de una nativa. Los jóvenes ya no respetan las creencias ancestrales y, a pesar de mis avisos, los papás no se cuidaron tras el nacimiento: comieron aves, peces e incluso monos. Con ello, provocaron que a su bebé le mipearan, es decir, los animales que se comieron le asustaron por las noches. El niño lloraba a cada rato, enfermó grave y a punto estuvo de morir.
¡Un momento! Ese parto… ¡ese parto me está enfermando! ¿Cómo no había pensado en ello?
Llamo a mi mujer y le pido que vaya al monte a buscar planta medicinal. Estoy de suerte, mi paisana aún vive en la comunidad. Cuando mi esposa regresa, me dirijo a la casa de la nativa, con la hierba que me va a sanar. La encuentro meciendo a su hijo de cinco años de edad en la hamaca. Hoy viste cushma color rosado.
—¡Katagétaí! ¡Buenos días! —la saludo, tras un breve ataque de tos. Estoy débil para hablar, así que afronto el tema sin rodeos—. Un favor, ¿te acuerdas que yo te atendí cuando diste a luz?
—Aró —responde la nativa, bajando la cabeza con suavidad.
—He traído esta hierba. Hiérvela y hazme tomar para que yo sane —me observa—. Esta es nuestra costumbre.
La mujer prende candela, hierva agua y le agrega la planta. Luego, le indico que debe contener la infusión en su boca y darme desde allí. La joven toma el agua del pajo, la mantiene en la boca y me hace beber varias veces. Poco a poco me siento mejor: mi cerebro vuelve a su tamaño normal, mis músculos se fortalecen, mi cuerpo sana. Vuelvo a casa feliz, sin tos, dolor ni malestar.
Mis ancestros decían que la sangre que botan las mujeres cuando dan a luz es veneno, ¡a saber qué contendrá! Las personas que se acercan a ellas durante ese lapso de tiempo, con los años enferman: les da anemia, tos, parasitosis… Y solo la mujer que enfermó a uno puede sanarle, dándole a tomar planta medicinal directamente de la boca.
Los nomatsigengas nos cuidamos, por eso no sufrimos anemia, tos ni parasitosis… ¡Excepto cuando olvidamos nuestra propia costumbre!
San Martín de Pangoa, Perú