Cierto día nació, en una comunidad nativa, un niño gringuito. La comunidad entera quedó sorprendida al ver la piel del muchacho, blanca como la leche, los ojos verdes como los del gato y el cabello rubio como los rayos del sol. Todos miraban a la madre con recelo y al padre con compasión.
La mujer observó a su esposo y se encogió de hombros ante la multitud:
—Pregunten al Padre, será obra del Dios blanco —replicó.
En comitiva, los nativos se acercaron a la iglesia del Padre Lumbre. El sacerdote, español de madre y padre, había hecho construir una pequeña capilla que, según decía, era el lugar de salvación y conversión de “aquellos pobres salvajes”.
Cuando llegaron, el religioso les bendijo y les invitó a escuchar la Palabra de Dios. Tras largo rato de oración y sermón, el jefe de la comunidad tomó la palabra:
—Padre Lumbre, ha nacido en la comunidad un niño gringo. ¿Será hijo del Dios blanco Todopoderoso? —le preguntó.
El Padre miró a la multitud boquiabierto. Con la mano derecha se santiguó tres veces seguidas; mientras que, con la otra, espantó una abeja que le zumbaba en la oreja.
—¡Alabado sea Dios! —exclamó mientras abría los brazos, con la mirada hacia el cielo—. Lo que ha pasado es sencillo. El padre del bebé ha tragado, sin querer, una de esas abejas pequeñas y amarillas que parecen gringas.
—¿Cuál, la píinti o la píoquíri? —le preguntaron.
—La píinti —contestó el Padre Lumbre sin vacilar—. Escúchenme, hermanos. Si por distracción o confusión se come esa abeja antes de hacer hijos, el niño o niña que engendrarán tendrá la piel blanca como la leche, los ojos verdes como el gato y el cabello rubio como los rayos del sol.
—¡Ah! —exclamó la multitud y se dispersó.
Meses más tarde, el número de abejas píinti disminuyó de forma proporcional al aumento de niños en la comunidad. Los neonatos tenían la piel morena como el cacao, los ojos oscuros como el café y el cabello negro como la noche sin estrellas.
Los nativos, decepcionados, se sintieron estafados y corrieron a la iglesia del Padre Lumbre. ¿Por qué sus hijos no habían salido gringuitos?, se preguntaban. Sin embargo, cuando llegaron a la capilla, no encontraron quien les recibiera en la casa del Señor.
Pangoa, Perú
Dibujo de Marta Maccaglia
