—¿De qué mes eres? —me pregunta Solenma, mientras esperamos que pase la lluvia bajo un cobertizo.
—De noviembre —le respondo.
—Ah ya —y se queda callada.
Tras todo el día en la chacra, de regreso, la lluvia nos ha sorprendido. Sobre el remolque de la moto solo han quedado los baldes llenos de larvas y gusanos de aspecto poco apetecible pero gustosos al paladar. Los ocupantes del vehículo, Solenma, Omar, dos de sus hijos y una servidora, nos encontramos bajo la calamina de la entrada de una casa, esperando que pase el aguacero.
—Se está haciendo tarde y la moto no tiene luz —comenta Omar, preocupado.
—Sí, y tenemos que comprar yuca para el masato —añade Solenma—. No se preocupen, voy a alejar la lluvia.
Solenma sale de nuestro refugio y se detiene a mitad del camino. La lluvia le moja con violencia la cushma y el cabello oscuro. Observa el horizonte y empieza a soplar en una sola dirección. El aire que sale de sus pulmones choca contra las gotas de lluvia, creando un efecto de aspersor. Tras unas cuantas exhalaciones, vuelve corriendo bajo el techo.
—En un ratito ya se va —afirma.
Seguimos esperando y, en unos minutos la lluvia disminuye y desaparece. Subimos al remolque y seguimos la marcha. A lo lejos, un arco iris colorea parte del cielo.
—Mi abuela siempre decía que, cuando aparece un arco iris en un lugar donde no ha llovido, quiere decir que viene una nueva enfermedad —comenta Solenma—. Pero si sale en un lugar donde ha llovido, entonces normal.
—Y lo de la lluvia, ¿cómo has hecho? ¿Soplaste nomás? —pregunto, entre la admiración y la intriga.
—Sí, pero depende del mes que hayas nacido. Si naciste en abril, mayo hasta septiembre y soplas, la lluvia se va. Pero si naciste en octubre, noviembre, diciembre hasta marzo, al soplar se llama más lluvia.
—Ah, lo voy a probar… pero no hoy —contesto, siempre agradecida de convivir y aprender de los nomatsiguengas, este pueblo indígena amazónico que me ha robado el corazón.
Pangoa, Perú