Castigo nativo

Los madereros se dedican a despoblar los árboles de la selva amazónica. Cada día, salen de la selva un número incontable de camiones arrastrando remolques llenos de troncos de árbol. Llevan la madera a la “civilización”, donde se transforma en puertas, palos de escoba y muebles. Sin embargo, el proceso no es cíclico y, a falta de reforestación, cada vez menos árboles habitan la selva amazónica, el pulmón del mundo.

 


Hace años, un maderero llegó a una comunidad nativa. Por un precio irrisorio, compró varios árboles centenarios al jefe de la comunidad. El hombre quedó tan feliz con el negocio, que, antes de iniciar la tala, decidió celebrarlo. No le costó encontrar entre las nativas, quien le acompañara en su festejo, a cambio de una gaseosa y unas cuantas galletas. 

Durante varias semanas, el maderero iba y regresaba, llevándose a Lima los troncos de los árboles que había adquirido; trayendo obsequios para sus nativas, cada vez más numerosas. El hombre, orgulloso por el éxito que tenía entre las mujeres de la comunidad, no escatimaba en regalos, comidas y gaseosas.

Con el tiempo, uno tras otro, los esposos de las nativas se dieron cuenta del engaño. Tristes y enojados, visitaban al jefe de la comunidad, buscando venganza y solución.

—Ese maderero está enamorando a mi esposa —se lamentaban—. ¡Lo voy matar!

El jefe de la comunidad apaciguaba los ánimos de los hombres, defendiendo al maderero, que les traía dinero y progreso. Sin embargo, tras la gran cantidad de quejas recibidas, decidió convocar una reunión extraordinaria a toda la comunidad. También el maderero fue invitado, en calidad de convidado especial.

El día del evento, los nativos se reunieron formando un gran círculo. El jefe de la comunidad expuso el caso y todos los asistentes discutieron acaloradamente el castigo que merecía el infractor. Como hablaban íntegramente en idioma nativo, el maderero no entendía nada y solo hacía que sonreír a todos lados con inocencia.

—Amigo maderero —dijo, finalmente, el jefe—. Hace tiempo tú fuiste bienvenido a nuestra comunidad. Hicimos negocio y te hemos vendido nuestros árboles. Pero tú te has dedicado a enamorar a nuestras esposas. Ahora serás castigado.

—Estimados amigos nativos —exclamó el acusado, buscando excusas donde no las había—, reciba, cada uno de ustedes, mi más cordial saludo. Observen a este pobre hombre sin más compañía que un viejo camión y tengan piedad. Acepten mis disculpas y, con Dios de testigo, les prometo que no volveré a acercarme a mujer alguna de esta comunidad.

—Recibirás siete golpes en la espalda, uno por cada hombre que has deshonrado —sentenció el jefe de la comunidad.

Los siete hombres afectados agarraron al maderero y lo ubicaron en medio del círculo que formaban los asistentes de la reunión. Le quitaron el polo y le dejaron con el torso descubierto. El hombre temblaba y gritaba, pidiendo perdón y clemencia a los nativos.

Un anciano se acercó al centro del círculo. En la mano llevaba un manojo de hierbas. El viejo pronunció unas palabras en idioma nativo y empezó a golpear la espalda del acusado con las hierbas.

Tras el primer golpe, al no sentir dolor alguno, el maderero se relajó. “Más que un casigo, parece una caricia”, pensó, “si sus condenas son así, ¡voy a deshonrar la comunidad entera!”. Tras terminar los siete golpes, el hombre se puso su polo y se marchó, con una sonrisa burlona y la cabeza bien alta.

Llegó la noche y el maderero empezó a sentir una molestia en su espalda. Al cabo de pocos minutos, los aullidos del hombre invadieron cada una de las casas de la comunidad. El maderero lloraba y gemía por el intenso dolor que sentía en su espalda. Desde sus camas, los nativos saboreaban el placer de la venganza. Totalmente vencido, el hombre se arrastró hasta la casa del jefe de la comunidad, pidiendo remedio para tan fuerte dolor. El jefe hizo llamar al anciano curandero, pero no le encontraron en su casa.

El maderero pasó toda la noche llorando, gimiendo y temblando de dolor. Cuando amaneció, subió al camión y se marchó sin despedirse. Nunca más lo han visto por los alrededores de la selva peruana. 


Pangoa, Perú