Los sacaojos

Corriendo regresa Centeno desde el interior de la selva con un cuerpo entre los brazos. Es el cuerpo sin vida de un niño, un niño sin ojos.

Cuando llega a la comunidad lo ubica, con suavidad, en el piso. Las mujeres dejan sus quehaceres diarios y forman un círculo alrededor de él. Una de ellas se acerca al centro y, abrazada al cuerpo inerte, llora mirando el cielo, hoy azul y sin nubes. Las lágrimas, saladas, se mezclan con los restos de yuca que aún corren entre sus encías.

Por la carretera, una nube de polvo se acerca. Los hombres, avisados por Centeno, han dejado las herramientas y se unen al círculo. Uno de ellos, examina el cuerpo. Los párpados caen sobre el hueco cadavérico. Descubre, además, un par de pequeños cortes en la espalda y uno gran tajo que divide el cuerpo en dos, desde el pecho hasta el ombligo.

Las mujeres lloran, abrazadas a sus pequeños. Los hombres pintan en sus rostros, con dedo índice y corazón, dos líneas rojas paralelas. Agarran lanzas, escopetas y machetes y se adentran en la selva, guiados por Centeno.

La búsqueda se demora hasta el anochecer, mas nadie huye de los nativos en su propio hábitat. En un modesto campamento escondido entre los árboles, sorprenden a los gringos. Son dos, una mujer de tez blanca y pelo rubio, un hombre canoso de ojos claros. Revisan entre sus pertinencias y encuentran material médico ensangrentado. Dentro de una caja que mantiene el frío, descubren corazones, ojos y riñones.

A los gringos sacaojos, les cortan el cuello. Los cuerpos de piel blanca quedan abandonados, a merced de los caprichos de la selva. Los órganos, regresan con ellos. Mañana serán devueltos a la tierra, junto a sus dueños.


Bajo Anapati, Pangoa, Perú
Dibujo de Eloy Espiritu Sharite